El predio donde hoy en día se asienta el Café de la Princesa fue en el siglo XIV testigo de un golpe maestro del azar. Los acontecimientos comenzaron una tarde primaveral del año 1346. La princesa Constanza, hija de Pedro III el Ceremonioso, paseaba con una amiga por el barrio de la Ribera en busca de oportunidades y diversión en los comercios judíos cuando un repentino trajín de gentes espoleó su curiosidad. Constanza ordenó al cochero seguir a la multitud, a pesar de ser consciente de que eso no era propio de una dama de su alcurnia. Lograron abrirse paso entre la muchedumbre y averiguar lo que sucedía: un joven náufrago yacía en la playa extenuado, casi sin vida. Tenía llagas en la cara y algas cubriéndole el cuerpo.
Nunca se sabrá si la princesa ofreció su carruaje para trasladar al moribundo por un impulso de compasión o si de ello fueron responsables los prominentes pectorales del joven y sus armoniosas facciones, que las quemaduras del sol no habían conseguido desfigurar.
Seguido de una numerosa comitiva, el carruaje se dirigió, por acuerdo general, al hostal Mariam, situado precisamente en el mismo sitio que hoy ocupa el Café de la Princesa. Propiedad de un próspero judío, el establecimiento albergaba a marinos y comerciantes pudientes. Sin embargo, era un lugar muy mal visto por los rancios vecinos, de mayoría cristiana, para quienes tanto judíos como extranjeros representaban un peligro para las buenas costumbres y la seguridad del elegante barrio.
El desastrado joven resultó ser un navegante genovés, único sobreviviente del naufragio del barco en que servía de cocinero. La amiga de Constanza, llamada Lucía, se enamoró apasionadamente de él. El romance hubiera sido imposible de no haber sido por la princesa, que haciendo de alcahueta, ayudó a que los amantes pudieran encontrarse todas las noches en el hostal Mariam.
Por su parte, los vecinos estaban convencidos de que la amante del genovés era la princesa Constanza. El equívoco surgió merced a los arquetipos que inconscientemente se almacenan en la mente humana: el talle esbelto y la belleza del rostro de Lucía hicieron dar por supuesto que la díscola joven era la princesa y la otra, la menos agraciada Constanza, su dama de compañía.
Los motivos de la clandestinidad del romance eran obvios. La falsa princesa (es decir, Lucía) era hija de un noble aragonés y estaba prometida en matrimonio a un rico hacendado, un tal Cervelló, que conspiraba secretamente, o eso creía él, contra la imprudente decisión de Pedro III de nombrar heredera del reino a su hija Constanza.
La inocencia de la juventud y la pasión le impidieron a Lucía ver la trampa que su supuesta amiga le estaba tendiendo. Aunque ella nunca tuvo la certeza de que fuera Constanza quien la traicionó, más tarde, en su lecho de muerte, creyó atar todos los cabos de los acontecimientos que forjaron la noche más funesta de su vida y así lo dejó escrito en su diario. Llegó a la conclusión de que Constanza no le había servido de alcahueta por amistad ni solidaridad femenina sino con la vista puesta en librar su propia batalla contra los que se oponían a su sucesión al trono. Sin pensar en la trascendencia de sus palabras, Lucía le había comentado alguna vez a su amiga que su padre y Cervelló, su odioso e impuesto prometido (más famoso por su glotonería que por sus habilidades políticas), consideraban un disparate del rey querer cambiar la constitución a favor de Constanza. Pero por aquel entonces le parecieron habladurías de palacio que nadie podía tomarse en serio. Más inquietud le causaba la frecuencia con que Constanza, medio en broma medio en serio, la ridiculizaba ante los demás, sobre todo en presencia de hombres jóvenes y apuestos.
Era fácil deducirlo. Constanza había encontrado en los amores ilícitos de Lucía un modo de vengarse a varias bandas: una noble doncella aragonesa mancillada en su honor por un plebeyo que, para más inri, provenía de Génova, el reino más odiado de la corona de CataluñaAragón; un futuro marido y un padre ofendidos con la mayor afrenta a su honor. Todo se lo había puesto el azar en las manos. A ella sólo le quedaba pregonarlo. Se vengaba así de Lucía (por su belleza) y de sus enemigos políticos.
Cuando el padre y el prometido se enteraron de las andanzas de Lucía, estuvieron a punto de batirse en duelo para limpiar su honra, pero el ímpetu les duró muy poco. Si algo otorga la edad es freno a las pasiones. La decisión que tomaron finalmente fue muy sabia: quienes sin duda debían pagar eran el marino ¬-por usurpador, soberbio y genovés-, el hostelero -por judío y alcahuete- y Lucía -por sinvergüenza. Días duró su viaje a Barcelona, pero su resolución no menguó. En el camino encontraron gentes que se avinieron -previo pago- a incendiar el hostal. Y así se hizo. El deseo de los ofendidos era que los tres culpables perecieran en el infierno del incendio. Las cosas no sucedieron de tal suerte, según se dice (ni tampoco, como es sabido, le salieron bien a Constanza, pues la corona nunca fue suya). Gracias a un insomnio pertinaz y a su buen olfato, el hostelero huyó el primero, por la puerta de las caballerizas. Más le valía la pérdida de su hotel que la de su cabeza. Algunos dicen que Lucía y el genovés perecieron bajo las llamas, abrazados. Pero las cartas y el diario encontrados dan fe de que los enamorados lograron huir y embarcarse esa misma noche hacia Génova. Sin embargo, estaba escrito que su felicidad sería breve. La peste negra acabó con ellos dejando tan sólo una triste huérfana de dos años.
Elsa Cajiao Cuéllar
14 de abril de 2001 |